5.8.12

Zorrito en estado salvaje

En la madrugada oscura del invierno cercano escucho ruidos y ruidos en la cocina. Voy, nada sigilosa:
—¿Qué te pasa, Zorrito?
Está revolviendo el cajón de los cubiertos, sin ver nada en realidad, ensimismado. Casi diría que hace un puchero con la trompa, si es que no se tratara de un zorrito de cocina de pelo rojo.
Insisto con mi pregunta. Deja de revolver y me mira.
—No encuentro la bombilla —dice con una mirada desconsolada que no le había visto nunca.
—No te entiendo, Zorrito. No tomás mate. ¿Para qué la querés?
Hace uno de sus habituales chasquidos con la lengua. Ese que suena a tsky que interpreto como "nunca entendés nada". Sigue revolviendo. Sus garras, diminutas pero filosas, hacen un ruido extraño entre mis cubiertos. Aprendí hace poco que lo mejor es el silencio para que el otro se largue a contar, así que sin decir más nada me acerco al escurridor y le doy la bombilla limpia.
Tendrían que haber visto porque es imposible de describir: en una milésima de segundo su cara fue de la alegría y la sorpresa más genuina a la desesperación más absoluta. Soy incapaz de repetir el gesto, si es que hubo gesto. Tal vez solo lo vi en sus ojos. Pero así fue. Y entonces, con un hilo de voz, como si estuviera viendo un fantasma (cosa que no creo que amedrente en nada a un zorrito de cocina de pelo rojo), dijo:
—La lavaste.
Nunca vi a nadie tan desilusionado por mis tareas de ama de casa. Incluso fue peor que la cara de cuando invito amigos a comer y hago salsa putanesca y me olvido las anchoas, la albahaca y el pimentón. Era obvio que la había lavado, no podía negarlo, pero tampoco podía entender tamaña desgracia.
—...
Volví a probar eso de quedarme en silencio.
El zorrito se sentó en la mesada, las patitas le colgaban. Todo él parecía desinflado. El hocico miraba al piso. Juraría que tenía los ojos vidriosos. Me hubiera gustado abrazarlo, pero sé que los zorritos son bastante ariscos a esta clase de demostraciones. Me quedé inmóvil. Él miraba la bombilla como si fuera un agujero negro que le hubiera chupado toda su energía.
Por supuesto, de la teoría a la práctica... no aguanté más:
—¿Me podés explicar qué te pasa, Zorrito? Acá hay nueces, mirá, las dejé para vos. Te estaba esperando. Hay casi luna llena. Quiero bailar un rato. Tengo un malvón nuevo. No arreglé la canilla del baño.
Claro, cuando me pongo nerviosa hago lo opuesto al silencio.
Por fin, el zorrito me miró.
—No entendés nada —dijo con los dientes un poco apretados, pero no de enojo, si no para contener una emoción que se le quería escapar por la garganta.
Ahí me callé de vuelta y él me explicó:
—Ahí había escondido las semillas... —y de pronto, volvió a ser el zorrito que conocía—, tks —hizo con la lengua—, ¿todo te tengo que explicar?
Yo rumié un sí.
Entonces me dio un papel con una lista que decía:

Ciclo de amor de los zorritos
*Los zorritos se enamoran en invierno. Pasan los días y las noches en pareja. Especialmente a la hora de la siesta. Les encanta dormir enredados. En una pareja de zorritos durmiendo una siesta es imposible saber a quién pertenece cada pata. Esto prepara el pelaje para la primavera. Los zorritos que por algún motivo pasan el invierno solos, para septiembre tienen un pelaje un tanto desteñido y débil. Por supuesto, hay métodos alternativos para evitar esto pero eso no es importante ahora.
*En primavera los zorritos tienen a sus cachorros. Comienza la sociabilización del cachorro. Es muy común ver grupos enteros de zorritos correteando en la brisa primaveral. Es cuando aprenden todo lo que tienen que saber. Acá las familias se integran, la pareja se diluye un poco como tal, y todos los cachorros andan juntos. La manada cuida de ellos. Para fines de la primavera empiezan las fiestas en las terrazas.
*En verano ya casi no hay diferencias entre los zorritos, salvo los muy mayores que son tema para otro día. Los demás se dedican a bailar en las terrazas y corretear bajo la luz de la luna o las estrellas. La vida del zorrito que conocemos. No andan en pareja, pero sí se sonríen de una punta de la pista a la otra cuando se encuentra una pareja de invierno en una fiesta, nunca se pierde el encanto entre ellos si durmieron lindas siestas.
*En otoño, los zorritos se cortejan con regalos especiales, como semillas, dibujos y palabras.

—¿Entendés ahora? ¡Ahí estaban mis semillas!
—¿Lo que te pasa es que estás enamorado? Te ponés un poco sonso, tengo que decirte...
Ni siquiera me miró.
—Ah, porque vos no.
Traté de negarlo, pero no me salían las palabras, claro. La estrategia más obvia era cambiar de tema.
—Pero puedo ayudarte todavía. Lavé las semillas que habías escondido adentro de la bombilla —¡con razón hacía días que estaba tapada!— pero tengo algo que le va a encantar a esa zorrita.
Me fui a mi escritorio y rebusqué en el cajón. Encontré una tiza de color amarillo. Le hice un moño con una cinta alrededor y se la di al zorrito.
Los ojos le brillaban de la emoción.
—¿Es lo que yo creo que es? ¿Es una máquina de hacer dibujos?
Me quedé un instante. Traté de explicarle:
—Bueno, técnicamente, máquina no es... los dibujos los hacés vos... o ella... en la vereda...
Pero era inútil. El zorrito saltaba de contento.
En uno de los saltos me dio con el hociquito en la mejilla. Juraría que fue un beso de zorrito, pero no quiero abusar de mi suerte. Ya estaba por salir por la ventana, cuando me dijo:
—Ya sé que viene el invierno y eso, pero no me gustan nada esas pantuflas de corderito que tenés. Fijate.
Balbuceé algo pero no tenía muchos argumentos a mi favor.
—Cuando conquistes a tu zorrita avisame, que les dejo de regalo unas facturas de membrillo especiales.
Puso la tiza con mucho cuidado en su bolsillo zorrito. Agarró una nuez del montón y la guardó en el otro bolsillo. Hizo un tks tks breve y salió. Alcancé a gritarle:
—¡Juro que nunca me visitó un corderito!
Y me volví a la cama arrastrando mis pantuflas.

Entrada original en siemprelista el 13.6.11.

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