5.8.12

Madrugada salvaje

Tal vez la culpa fue mía por madrugar tanto. Reconozcamos que no suelo ver lo que pasa a esa hora de la mañana en mi casa. Pero es que tenía que hacer unos trámites y me tocó levantarme muy temprano. A regañadientes, con los ojos más cerrados que abiertos y arrastrando las pantuflas, llegué al baño.
Y ahí los ojos se me abrieron guau, y la mandíbula se me cayó al piso como en los dibujitos animados. Y es que adentro de la bañadera había un cocodrilo.
Un cocodrilo enorme que llenaba mi bañadera y todavía sobresalía la cola hasta el piso y casi que tiraba mis cremas y shampúes.
Y la visión del cocodrilo no fue lo peor. Porque enseguida el cocodrilo además habló:
—Estoy de acuerdo con el zorrito ese que a veces pasa por la cocina. A tu blog de listas le falta acción, caracter, onda...
Tuve que defenderme:
—Él solo dijo que le faltaban listas.
—Es lo mismo. Yo voy a ayudarte. Te estaba preparando una lista para dejarte acá, me agarraste de sorpresa con el madrugón. Pero vení, vení, si estás apurada podés bañarte igual, yo te dejo un lugar.
—No te lo tomes a mal, pero tenés una fila de dientes larga como una autopista, afilada como la lengua de algunos, imponente como una montaña, y además tu boca es grande como...
—¿Quién sos? ¿Caperucita? No pienso comerte. Estoy tomando un coctel, no creo que seas buen aperitivo.
Entonces noté que tenía en una de sus patas un vaso con una rodaja de limón y una sombrillita rosa chicle de papel. No supe que decir a eso, pero no hizo falta porque el cocodrilo siguió hablando. Mi capacidad de asombro estaba en su rayita roja ya.
—Comés demasiada azúcar. Eso no está bien. No solo por tu salud, claro, pero no me gustan las cosas tan dulces, no te ofendas.
—No, creo que no —balbuceé un poco enojada. Y lo peor es que creo que me molestaba más que me criticara que que estuviera ocupando mi bañadera un cocodrilo que hablaba y tomaba un coctel con sombrillita.
Me miró fijo. Lo miré fijo. Yo estaba midiendo hasta dónde uno puede provocar a un cocodrilo frente a frente. Pero él siguió:
—Igual, te quedan mejor esos kilos de más. Digo, si fuera a comerte, me gusta la carne más jugosita.
—...
—Está bien, está bien. Te dejo bañarte. La lista te la termino para mañana.
Y ahí nomás tiró por el desagote de la bañadera la sombrillita primero, después el vaso y después, como si fuera a tirarse de cabeza a una pileta olímpica, se zambulló él por la cañería y desapareció.

Me metí en la ducha. Me bañé despacio, sin terminar de creer lo que había pasado. Si no fuera por unos arañazos que encontré en los azulejos, a esta altura ya estaría pensando que aluciné. En todo caso, madrugar está mal, está claro.

Entrada original en siemprelista el 14.8.10.

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